ABANICO/ Nosotros, los solitarios

Por Ivette Estrada

Somos una especie cobijada en la cotidianeidad, podemos pasar desapercibidos entre el bullicio, nos mimetizamos en las horas, pero recurrimos a nuestra propia voz, dentro del silencio, para tomar las decisiones trascendentales, para orar y crear.
Tenemos momentos de ensimismamiento, y solemos indagar el por qué de cada cosa. En general tenemos un invariable dejo meditabundo y un brillo casi imperceptible de alejamiento. En nuestro mundo interior no entra nadie. Es la puerta a los soliloquios, a la investigación continua de quiénes somos y en qué creemos.
Nosotros, los solitarios, no somos necesariamente introspectivos. Solemos convivir con otros y tenemos mil recursos de pláticas insustanciales “por si acaso” se amerita. Lo único que nos diferencia de los otros es que aprendimos a disfrutar de nosotros mismos. No perseguimos compañías, nunca pedimos que alguien vaya con nosotros a alguna parte. No experimentamos soledad, no con el estereotipo de abandono o tristeza.
No rehuimos a la gente, pero nos gusta tener momentos sin nadie. Sólo así trazamos el rumbo de los anhelos y detectamos que sentimos y qué queremos. También la soledad nos propicia la mejor brújula de viaje. ¡Voy bien o ya erré y ando en un sendero que no es mío? La auto reflexión llena gran parte de nuestra vida.
No hacemos varias tareas a la vez, ni solemos ser locuaces. Escuchamos con gran atención a todos, solemos leer las connotaciones de cada palabra, intuimos momentos y vemos las emociones que bullen aún en rostros adustos. Incluso, si nos concentramos un poco, “inferimos” el pensamiento del otro.
Nuestro mundo interior es muy rico y un tanto indescriptible. Está lleno de seres no imaginados: animales y minerales con metamorfosis no claras, voces de seres amados intrincados con nuestras propias reflexiones, religiones propias armadas con instituciones seculares y nuestra manera única de explicar el mundo.
Nosotros, los solitarios, nunca estamos solos. No es paradoja: hablamos con los muertos, con las ideas desperdigadas en los registros akáshicos, con la naturaleza, las luces ambarinas y también con las sombras.
Aprendimos que hay momentos trascendentales que deben vivirse sin nadie. Que las tareas más hermosas emergen de la propia comprensión de nosotros.
Aunque amamos profundamente, hay resquicios que nadie los llenará nunca: es ese mundo interior no compartido, es la reticencia a ser parte de algo o alguien, porque sabemos que somos seres únicos, que no requerimos compenetrarnos en ideas externas ni juicios de alguien más. La fascinación por la vida parte de nuestra esencia,
Solemos reconocernos de inmediato, somos una legión sencilla y silenciosa, no aparentaremos nada porque estamos entretenidos en configurar nuestro propio mundo como para pretender seducir la atención de otros.
Nosotros, los solitarios, somos la cofradía más extraña y dulce que se antepone a un mundo superficial y sin sentido.