LOS CAPITALES
Por EDGAR GONZALEZ MARTINEZ
Kristalina Georgieva, Directora General del FMI, advirtió que la IA podría afectar hasta el 60% de los empleos en economías avanzadas y que el mundo debe prepararse para un “dolor económico inevitable”, debido a los choques de oferta y la destrucción de infraestructura por la guerra. La jornada del jueves, estuvo marcada por gran fragilidad en el sentimiento de riesgo, donde la euforia diplomática chocó con la cruda realidad operativa en Oriente Medio.
La jornada comenzó con una revisión a la baja del PIB de Estados Unidos del cuarto trimestre de 2025 al 0.5%, evidenciando una economía que se enfriaba justo antes de entrar en el conflicto actual, mientras que las solicitudes de desempleo subieron a 219,000, su nivel más alto desde febrero. Sin embargo, el centro de atención fue el mercado energético: Arabia Saudí confirmó ataques a instalaciones críticas, incluyendo el oleoducto este-oeste y las plantas de Manifa y Khurais, lo que ha retirado del mercado aproximadamente 1.3 millones de barriles diarios. Esta interrupción de suministro ocurrió en paralelo con el discurso del Líder Supremo de Irán, Mojtaba Jamenei, quien advirtió que la gestión del Estrecho de Ormuz entra en una “nueva fase”, elevando el tono de represalia pese a las señales de optimismo de Donald Trump sobre un acuerdo inminente.
Al respecto, Alfredo Marentes, Analista de VT Markets, nos recuerda que la tensión en el Estrecho de Ormuz genera de manera inmediata una prima de riesgo sobre el precio del crudo. No es casualidad: por ese corredor estratégico -dijo- circula cerca del 20% del suministro petrolero mundial. Aun cuando no se produzca un cierre efectivo, la incertidumbre prolongada encarece los fletes, los seguros y las expectativas de abastecimiento, consolidando un piso de precios estructuralmente más elevado en el sector energético.
Pero los efectos no se detienen en el petróleo. El alza del gas natural, insumo esencial en la fabricación de fertilizantes nitrogenados, desencadena una reacción en cadena que suele subestimarse: mayores costos en fertilizantes se traducen en presión sobre la producción agrícola y, con ello, en un encarecimiento progresivo de los alimentos. El fenómeno se intensifica en sectores como la ganadería, cuya cadena productiva depende directamente de esos fertilizantes. El resultado es un traslado gradual de costos hacia el consumidor final que retroalimenta la inflación.
En América Latina, la exposición es notable, aunque varía según el país. México, a pesar de ser productor de petróleo, depende en gran medida del gas natural importado. El desenlace apunta a presiones inflacionarias, volatilidad cambiaria y mayor tensión fiscal, sobre todo si los gobiernos deciden recurrir a subsidios para amortiguar el impacto.
La experiencia reciente de Europa con incrementos de casi 70% en gas y 50% en petróleo, confirma que estos no son escenarios teóricos, sino eventos con consecuencias macroeconómicas inmediatas y de gran alcance. Frente a esa realidad, la respuesta para economías como Argentina, México y Perú no puede limitarse a la gestión reactiva. Se requieren estrategias anticipatorias: diversificación de fuentes de suministro, fortalecimiento de la matriz energética y mecanismos de cobertura que reduzcan la vulnerabilidad ante choques geopolíticos.
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