Por: Omar Anitua Valdovinos, Presidente del Consejo de Administración de Grupo Duxon
Durante años celebramos la democratización de la información. Aplaudimos que cualquiera pudiera alzar la voz, contar su historia, denunciar injusticias y generar conversación. Fue una etapa necesaria. Fue una etapa valiosa.
Hoy, como empresarios, profesionistas y ciudadanos, enfrentamos una realidad incómoda: los medios digitales y las redes sociales también se han convertido —en demasiados casos— en herramientas de presión, extorsión, difamación e intimidación.
No se trata de atacar a los medios de comunicación. Al contrario: el periodismo ético, profesional y responsable sigue siendo un pilar fundamental de la democracia y del desarrollo económico y social. El problema surge cuando la falta de preparación, de ética y de responsabilidad moral permite que algunos utilicen plataformas de alto impacto no para informar, sino para negociar silencios, fabricar narrativas o destruir reputaciones a cambio de dádivas.
Desde una perspectiva empresarial, el daño es profundo.
Una publicación malintencionada puede afectar inversiones, empleos, marcas construidas durante años y, sobre todo, la confianza. Desde una perspectiva personal, el impacto es aún más grave: familias, trayectorias profesionales y salud emocional quedan expuestas sin defensa real ni consecuencias claras para quien agrede.
Aquí surge una pregunta inevitable:
¿Hasta cuándo vamos a normalizar el uso indebido del poder informativo?
La falta de regulación efectiva y de consecuencias reales representa uno de los grandes retos para las autoridades en México y en el mundo. No hablamos de censura. Hablamos de responsabilidad. De reconocer que el uso doloso de los medios y las redes, cuando se emplea para extorsionar, difamar o intimidar, debe ser tipificado y sancionado como lo que es: un delito grave.
El desafío es enorme, en parte por una crisis más profunda: la erosión de la ética social. Vivimos en un entorno donde la inmediatez vale más que la verdad, donde el escándalo genera más clics que el contexto, y donde algunos confunden “libertad de expresión” con impunidad.
- Regular no es callar voces.
- Regular es proteger derechos.
- Regular es poner límites claros al abuso del poder informativo.
Hoy más que nunca, necesitamos medios de comunicación fuertes, profesionales y éticos; plataformas digitales con reglas claras; y usuarios conscientes de que compartir, replicar o pagar por desinformación también tiene un costo social.
Como empresarios y ciudadanos, no podemos seguir siendo espectadores pasivos. Es momento de exigir marcos legales actualizados, autoridades capaces de aplicarlos y una conversación pública más madura. La información es poder, y todo poder sin límites termina dañando aquello que dice defender.
El futuro no está en silenciar, sino en responsabilizar.
El tiempo de la ingenuidad digital terminó.
Ahora comienza el tiempo de la ética.

