Nos encontramos iniciando la primera de varias rondas de negociación entre Canadá, Estados Unidos y México, en el marco del proceso de revisión/renegociación del tratado que da vida a la integración de la región de América del Norte. Esta primera ronda, que inicia en nuestro país, abre la comunicación directa entre los equipos negociadores, después del periodo de consultas que se han realizado con los sectores económicos, financieros y productivos, al interior de cada uno de ellos.
La incertidumbre respecto del proceso es alta y con opiniones diversas respecto del rumbo que deberá tomar la región. Para México, el desafío es grande ante un escenario complejo al interior del país. Al respecto, algunos ex secretarios de Economía han manifestado que México llega a la renegociación en una situación de mayor vulnerabilidad, debido agendas comerciales, de seguridad y combate al crimen organizado, temáticas que introducen elementos de incertidumbre y tensión en la relación México – Estados Unidos y que pueden impactar directamente en la forma de negociar y replantear el T-MEC.
La seguridad es un aspecto clave para garantizar el flujo de mercancías y el amparo de la inversión; no podemos olvidar la presión del titular del Ejecutivo norteamericano, que exige mayores resultados contra el narcotráfico, ya que el crimen organizado afecta los corredores logísticos generando costos adicionales, lo que tiene como consecuencia el decremento de la competitividad de México como socio comercial, una de sus principales fortalezas. En relación con el tratado, el resultado ha sido el endurecimiento de las reglas de cooperación.
Otro aspecto a considerar son las diferencias diplomáticas que se han presentado por la participación de agentes extranjeros en territorio nacional, que puede interpretarse como una intervención, así como la revisión de los consulados mexicanos por presunto proselitismo político, que puede verse como un síntoma de falta de gobernanza institucional, situación que cuestiona la neutralidad diplomática y la capacidad del Estado para separar funciones de representación exterior de intereses partidistas.
En el marco del T-MEC, esta percepción puede debilitar la confianza de Estados Unidos y Canadá en la solidez institucional de México, debido a que la diplomacia consular es clave para la protección de los migrantes, la interlocución empresarial y la gestión de temas laborales vinculados al comercio. Al respecto, la negociación del tratado pretende mayores exigencias en temas de transparencia y rendición de cuentas en pro de mantener la integración económica de la región.
Pese a lo anterior, México continúa siendo un aliado estratégico de Estados Unidos en el ámbito comercial, no solo por su condición de primer socio comercial dado por el volumen de intercambio, sino también por su localización geográfica privilegiada que facilita cadenas de suministro rápidas y seguras entre ambos países. En sectores como el automotriz, el eléctrico y el agrícola, existe complementariedad productiva, debido a que se encuentran altamente integrados como parte de las cadenas de valor.
Además, la frontera compartida de más de tres mil kilómetros convierte a México en un puente natural para el comercio terrestre y marítimo, aunado a la diversidad de sus recursos energéticos y naturales que fortalece la complementariedad y dependencia económica.
El aspecto más relevante aquí, es señalar que estos factores hacen que la relación bilateral no sea circunstancial, sino estructural. México se ha erigido como un socio indispensable para la competitividad y estabilidad económica de Norteamérica.
En conjunto, estos aspectos no ponen en riesgo inmediato la continuidad del T-MEC, pero sí pueden condicionar su eficacia práctica, al obligar a los países a reforzar mecanismos de supervisión, transparencia y cooperación en seguridad para que el comercio fluya sin obstáculos.
En conclusión, la renegociación del T-MEC representa para México un reto de adaptación institucional y de fortalecimiento de la confianza. Si bien es cierto que México mantiene ventajas estructurales, la seguridad y el crimen organizado evidencian que la integración económica no es sólo cifras, requiere, exige credibilidad y transparencia. La competitividad de México en la región dependerá, tanto de su capacidad comercial y productiva, así como de la solidez de las políticas públicas y de sus instituciones para sostener ese comercio libre de incertidumbres.